La reina del Carnaval de Mazatlán de 1976 será homenajeda el sábado 14 de febrero
Mazatlán, Sinaloa.- Hay nombres que nacen con vocación. Y hay coronas que acompañan toda la vida. Antes de ser reina, Eleonora fue nombre y raíz. Eleonora Margarita Aguilar de Aguilar. Margarita como flor, como aroma primero, como herencia íntima. Así fue nombrada al nacer, en el instante mismo en que su padre la presentó al mundo y su madre decidió honrar ese nombre que la acompañaría siempre. Un nombre único —dice ella— por el que muchos la reconocen incluso antes de recordar el título que alguna vez llevó.
Cincuenta años después, ese nombre vuelve a pronunciarse con respeto, emoción y gratitud. El Gobierno de Mazatlán y el Instituto Municipal de Cultura, Turismo y Arte, rendirán un homenaje a Eleonora Margarita, Reina del Carnaval de Mazatlán 1976. El sábado 14 de febrero durante la coronación de la Reina del Carnaval Internacional Mazatlán 2026 “Arriba la Tambora”, se le rendirá homenaje, como memoria viva del carnaval y del puerto.

Mazatlán no fue solo el escenario de su historia, fue el pulso que la formó. Hija de padres llegados de otras tierras —madre yucateca, padre potosino—, Eleonora nació en este puerto, creció en él y lo hizo suyo desde niña. Desde muy pequeña, su madre la llevaba a los carnavales. De la mano de su abuela, vestida siempre con el mismo traje lleno de confeti, descubrió el asombro: la música, el desfile, la imagen imborrable de una reina avanzando entre la multitud.
Aquella escena infantil quedó sembrada sin saberlo. “Dios mío, qué hermosa”, recuerda haber pensado al ver pasar a la primera reina de su vida. El sueño nació ahí, aunque nunca imaginó que sería suyo.
Los años pasaron y el destino comenzó a acercarse de forma inesperada. Concursos universitarios, menciones discretas en los periódicos, selecciones improbables entre decenas de candidatas. De cien nombres, el suyo apareció al final de una lista. No lo buscó. Casi no leía el periódico más allá de lo social. Pero ahí estaba su nombre, y lejos de entristecerla, se sintió halagada.
El proceso fue largo. De cien quedaron cincuenta, luego veinticinco, quince, diez. Hasta que una llamada cambió todo: estaba entre las cinco finalistas. Dudó. En casa no la dejaban. El comité habló con su madre, una mujer profundamente enamorada del carnaval y de Mazatlán. Ella no dudó. La impulsó.

Esa misma noche, su padre la llevó a la Escuela Náutica —no como marino, sino como médico del Hospital Naval—. Ahí, entre marinos, música y ambiente de fiesta, Eleonora fue presentada oficialmente como candidata a Reina del Carnaval. Ahí comenzó la lucha. Y ahí también nació una certeza profunda: “mi corazón me dijo: yo voy a ganar”.
El día final llegó. El último cómputo confirmó lo impensable: Eleonora Margarita fue elegida Reina del Carnaval de Mazatlán 1976. Aquella experiencia no solo fue un título: fue un parteaguas que formó su carácter y su personalidad como mujer.
La coronación quedó grabada para siempre. Entrar al estadio sin la corona, sentir que todo parecía un sueño. Caminar entre vallas de marinos que se abrieron a su paso. Ver al público. Pensar en sus padres, en sus hermanos pequeños, en sus hermanas que la ayudaron con la cola del vestido. Sentarse. Sentirse feliz. Demasiado feliz. Llorar. Vivir.

Luego vino el desfile. Subir a una carroza de casi ocho metros de altura. Voltear alrededor y no poder creerlo. El desfile comenzó y las lágrimas brotaron de nuevo. “No es verdad lo que estoy viviendo”, pensaba. Aquella noche, después, sus padres rentaron un espacio en el Hotel Belmar, uno de los más famosos de la época. Desde ahí saludó al público. Y fue entonces cuando descubrió algo que guardaría para siempre: la gente más humilde, la más sencilla, era la que más se emocionaba al verla. Ese recuerdo —dice— es el más bello que conserva.
Después del reinado vino el mundo. Viajes, encuentros, puertas abiertas. Conocer personas, descubrir horizontes. Pero también llegó el silencio inevitable cuando la fiesta termina y la vida pregunta qué sigue. Eleonora eligió trabajar. Se dedicó al turismo, a la administración de condominios familiares. Y cada vez que enfrentó una dificultad, regresó a esa fuerza interior: “yo fui reina y lo logré; puedo lograr otras cosas”. El carnaval se convirtió en fortaleza.
Al cerrar los ojos y definir estos 50 años en una sola palabra, Eleonora elige varias que se abrazan entre sí: felicidad, alegría, triunfo. Triunfo entendido como haber vivido plenamente un sueño colectivo y haberlo transformado en aprendizaje para toda la vida.
Hoy, este homenaje llega acompañado de emociones encontradas. La felicidad de ser recordada, de volver a encontrarse con el público, con amistades que nunca la olvidaron. Y la tristeza profunda por la ausencia de sus padres, especialmente de su madre, quien deseaba vivir este momento. “Está conmigo en mi corazón”, dice Eleonora, con serenidad y fe.
Agradece a Dios. Agradece a sus padres por haber luchado para que ella llegara a ser reina. Agradece a su familia inmensa: ocho hermanos, cuatro mujeres y cuatro hombres; decenas de nietos. Agradece a amigos, amigas, a quienes la han recordado año con año. Agradece a quienes compartieron con ella aquel carnaval inolvidable: artistas, músicos, orquestas, figuras del espectáculo que hoy forman parte de otra época, pero siguen viviendo en la memoria del puerto.
Cuando se le pregunta qué le diría hoy a una joven reina que vive por primera vez el sueño del carnaval, su mensaje es claro y generoso: que lo viva con gratitud. Gratitud hacia Dios, hacia la gente que confía y vota, hacia la familia y los amigos. Porque ser reina es una experiencia única, irrepetible, que queda para siempre en la historia personal y en la historia de Mazatlán.
Las reinas pasan, dice Eleonora, y otras vendrán hasta que Dios quiera. Pero el honor permanece. Y el carnaval —ese espejo donde el puerto se reconoce— guarda con especial cuidado a quienes lo han representado con dignidad.
Cincuenta años después, Eleonora Margarita no regresa al carnaval para ser coronada de nuevo. Regresa para confirmar que hay reinados que no terminan nunca.
Que hay nombres que florecen con el tiempo.
Y que hay mujeres que, sin proponérselo, se convierten en Reinas de Oro de la memoria y del corazón de Mazatlán.


